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Un Blog de Juguete, de ocio... sin embargo la principal fuerza de unificación de un pueblo es su educación y el modo en que se hace intervenir el tiempo de ocio como factor integrante y creador en el proceso de desarrollo común de las relaciones sociales.


Las grandes diferencias de medio, ocupación, ingresos, razas, realidades físicas humanas y sociales, exigen el desarrollo de criterios de homogeneidad que hagan posible suavizar los conflictos de intereses individuales y los de grupo.
Este modo de encarar la educación debe unirse con un concepto de tiempo de descanso que considere no solo los aspectos recreativos, tan importantes para la obtención de un bienestar físico y mental, sino tambien los periodos destinados al desarrollo de la personalidad, la comprensión del mundo que nos rodea y la participación en la construcción de la comunidad y nación.

Germán Zúñiga Sherrington.

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sábado, noviembre 19, 2011

Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (I)

Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (I)

Siempre he tenido la necesidad de ver qué hay más allá, qué hay al girar la esquina. El mundo trata de decirte “Esto es lo que hay y no te aventures más lejos, porque ahí fuera hay monstruos”.

Pero yo quiero ver esos monstruos.

Terry Gilliam

Recuerdo enfrentarme a Brazil siendo aún un infante que acaba de inaugurar el periodo de latencia y para el que George Orwell era poco más que un nombre exótico. La experiencia de aquel visionado era abrumadora y fascinante para la retina; el director se destapaba como un prestidigitador de la imagen tan brutal que parecía capaz de filmar una fiesta pijama y convertirla en un lienzo barroco: el ambiente era grisáceo, opresivo, fatídico y a la vez profundamente cómico de un modo retorcido. El resultado final era como estar contemplando una deliciosa pesadilla y probablemente fundió más de un fusible en mi preadolescente encéfalo. Terry Gilliam (Minnesota, 1940), ex-Monty Python y director comando, conseguía trasformar la pantalla en una ventana hacia otro mundo. Un mundo tan torcido como atrayente, en el que la ley estética era tornar bello lo grotesco.
Gilliam tiene el don de ser uno de los directores más sólidos a la hora de construir un universo propio identificable, y por otro lado la desgracia de ser uno de los que han tenido peor fortuna a lo largo de su carrera por factores ajenos a su capacidad creativa. A día de hoy, con setenta años a sus espaldas y aun habiendo alumbrado obras de culto, Gilliam se las desea para mendigar dinero (sin demasiada fortuna) a los productores cuando quiere sacar adelante un proyecto. Mientras tanto, en el mismo planeta, Michael Bay se financia tres Destruction Derbys con robots gigantes entre la hora de la sesión de spinning y la de las pesas y Paul W.S. Anderson adapta un videojuego o viola el cadáver de Alejandro Dumas cuando tiene una tarde tonta.
Y pese a aquellos inicios prometedores, la producción de Gilliam llegaría a irregularizarse gravemente (tanto en cantidad como en calidad) de manera alarmante durante los últimos años.


Gilliam era el único americano dentro de las filas de la irrepetible compañía Monty Python, y una vez disuelto el grupo se ató una bandana a la cabeza y se lanzó a la dirección cinematográfica fascinado por las posibilidades del celuloide y con una romántica visión del cine como camino hacía mundos inexplorados. Su particular —tanto en la narrativa como en lo visual— percepción de las historias unida a un cruel sentido del humor le convirtió en un director de culto con un séquito importante de seguidores acérrimos.
El universo de Gilliam orbita principalmente en torno al concepto de la imaginación y la percepción del mundo (o los mundos) a través de ella: hombres que sueñan con mujeres que aún no existen en sus vidas, viajes a través del tiempo o fantasías iconoclastas que alejan al personaje de un mundo cotidiano y opresor. Incluso aquellos casos en los que Gilliam no bucea por completo en el género fantástico su obra se dedica a hacerle ojitos al realismo mágico, siempre rebozándose en un ubicuo y personalísimo humor negro fruto de la combinación del absurdo Pythonesco y de ciertos ideales subversivos del propio Gilliam.

En lo plástico apabulla su capacidad visual, arriesgando a picar la cámara en planos holandeses —que a pesar de su nombre no consisten en vestirse de naranja y arrear una patada de vale-tudo a la cámara, sino inclinarla hacía uno de sus lados consiguiendo una toma ligeramente virada sobre el eje horizontal—, planos cenitales, travellings kilométricos, malabares visuales y un eterno (y admirado) uso del gran angular.

La idea siempre es acrecentar la riqueza del plano o distorsionar la realidad hasta convertirla en fantasía. Para tal fin es norma en Gilliam aferrarse a las lentes con una distancia focal inferior a 28 mm, cuando el resto de la humanidad considera lógico utilizar las de 40 o 65 mm porque son las que representan con más aproximación el campo de visión natural del hombre. Pero para Gilliam el adecuar la cámara a la percepción natural del ojo humano es algo que solo preocupa a otras personas, él prefiere el ángulo inestable, crear un mundo con una profundidad de campo imposible, ponerse muy barroco recargando de elementos cada escena y obligar al espectador a ver el mundo a través de su mirilla.


Monty Python que estás en los cielos y los antecedentes subversivos

Se me da mejor ser animador que fabricante de bombas. Es por eso que la mayor parte de Estados Unidos aún está en pie.

Terry Gilliam, (Salman Rushdie talks with Terry Gilliam).




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