Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (I)
Siempre
he tenido la necesidad de ver qué hay más allá, qué hay al girar la
esquina. El mundo trata de decirte “Esto es lo que hay y no te aventures
más lejos, porque ahí fuera hay monstruos”.
Pero yo quiero ver esos monstruos.
Terry Gilliam
Recuerdo enfrentarme a Brazil siendo aún un infante que acaba de inaugurar el periodo de latencia y para el que George Orwell
era poco más que un nombre exótico. La experiencia de aquel visionado
era abrumadora y fascinante para la retina; el director se destapaba
como un prestidigitador de la imagen tan brutal que parecía capaz de
filmar una fiesta pijama y convertirla en un lienzo barroco: el ambiente
era grisáceo, opresivo, fatídico y a la vez profundamente cómico de un
modo retorcido. El resultado final era como estar contemplando una
deliciosa pesadilla y probablemente fundió más de un fusible en mi
preadolescente encéfalo. Terry Gilliam (Minnesota, 1940), ex-Monty Python
y director comando, conseguía trasformar la pantalla en una ventana
hacia otro mundo. Un mundo tan torcido como atrayente, en el que la ley
estética era tornar bello lo grotesco.
Gilliam
tiene el don de ser uno de los directores más sólidos a la hora de
construir un universo propio identificable, y por otro lado la desgracia
de ser uno de los que han tenido peor fortuna a lo largo de su carrera
por factores ajenos a su capacidad creativa. A día de hoy, con setenta
años a sus espaldas y aun habiendo alumbrado obras de culto, Gilliam se
las desea para mendigar dinero (sin demasiada fortuna) a los productores
cuando quiere sacar adelante un proyecto. Mientras tanto, en el mismo
planeta, Michael Bay se financia tres Destruction Derbys con robots gigantes entre la hora de la sesión de spinning y la de las pesas y Paul W.S. Anderson adapta un videojuego o viola el cadáver de Alejandro Dumas cuando tiene una tarde tonta.
Y
pese a aquellos inicios prometedores, la producción de Gilliam llegaría
a irregularizarse gravemente (tanto en cantidad como en calidad) de
manera alarmante durante los últimos años.
Gilliam era el único americano dentro de las filas de la irrepetible compañía Monty Python,
y una vez disuelto el grupo se ató una bandana a la cabeza y se lanzó a
la dirección cinematográfica fascinado por las posibilidades del
celuloide y con una romántica visión del cine como camino hacía mundos
inexplorados. Su particular —tanto en la narrativa como en lo visual—
percepción de las historias unida a un cruel sentido del humor le
convirtió en un director de culto con un séquito importante de
seguidores acérrimos.
El
universo de Gilliam orbita principalmente en torno al concepto de la
imaginación y la percepción del mundo (o los mundos) a través de ella:
hombres que sueñan con mujeres que aún no existen en sus vidas, viajes a
través del tiempo o fantasías iconoclastas que alejan al personaje de
un mundo cotidiano y opresor. Incluso aquellos casos en los que Gilliam
no bucea por completo en el género fantástico su obra se dedica a
hacerle ojitos al realismo mágico, siempre rebozándose en un ubicuo y
personalísimo humor negro fruto de la combinación del absurdo Pythonesco
y de ciertos ideales subversivos del propio Gilliam.
En
lo plástico apabulla su capacidad visual, arriesgando a picar la cámara
en planos holandeses —que a pesar de su nombre no consisten en vestirse
de naranja y arrear una patada de vale-tudo a la cámara, sino
inclinarla hacía uno de sus lados consiguiendo una toma ligeramente
virada sobre el eje horizontal—, planos cenitales, travellings
kilométricos, malabares visuales y un eterno (y admirado) uso del gran
angular.
La
idea siempre es acrecentar la riqueza del plano o distorsionar la
realidad hasta convertirla en fantasía. Para tal fin es norma en Gilliam
aferrarse a las lentes con una distancia focal inferior a 28 mm, cuando
el resto de la humanidad considera lógico utilizar las de 40 o 65 mm
porque son las que representan con más aproximación el campo de visión
natural del hombre. Pero para Gilliam el adecuar la cámara a la
percepción natural del ojo humano es algo que solo preocupa a otras
personas, él prefiere el ángulo inestable, crear un mundo con una
profundidad de campo imposible, ponerse muy barroco recargando de
elementos cada escena y obligar al espectador a ver el mundo a través de
su mirilla.
Monty Python que estás en los cielos y los antecedentes subversivos
Se me da mejor ser animador que fabricante de bombas. Es por eso que la mayor parte de Estados Unidos aún está en pie.
Terry Gilliam, (Salman Rushdie talks with Terry Gilliam).


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